Quetzalcóatl
martes, 12 de febrero de 2008

 

Serpiente emplumada
Serpiente emplumada
“Es una oportunidad única para hacer un contraste y una búsqueda de lecturas de nuestras civilizaciones antiguas. El visitante podrá recorrer Egipto y disfrutar de un recorrido por las mejores piezas relacionadas con el culto a la Serpiente Emplumada, de la fertilidad en el México antiguo, a través de un diálogo de piezas que normalmente están en Chichén Itzá, Jalapa u otros lugares, junto con las piezas del Museo Nacional de Antropología”: Felipe Solís Olguín, Asesor General

 

 

Trascendencia de un dios

 

Por Eduardo Matos Moctezuma

 

Uno de los dioses del panteón prehispánico que mayor trascendencia ha tenido en el México colonial y el actual es, sin lugar a dudas, Quetzalcóatl.

 

Si alguien preguntara hoy día a cualquier persona en la calle acerca de los nombres de algunos dioses antiguos, inequívocamente mencionará el de este personaje que aparece en los ana­les de la historia como dios, hombre, héroe cultural y mu­chas cosas más.

 

Su trascendencia en el tiempo obede­ció a diversos factores, entre los que hay que destacar aquel que los frailes evangelizadores del siglo XVI se en­cargaron de difundir, en el sentido de que se trataba de una deidad que reunía determinadas características que lo hacían más afín con la idiosincrasia occidental que con el pensamiento indígena.

 

Mucho tuvieron que ver en este sentido aspectos tales como la presencia de cruces en los atributos de algunos dioses y en los propios que se le asignaban a Quetzalcóatl como persona casta y pura, que no atendía a sacrificios humanos y a quien se revistió de poblada barba y ojos azules, todo lo cual llevó a extremos tales que se llegó a pensar que se trataba de un apóstol cristiano llegado a estas tierras para traer la buena nueva de la evangelización.

 

Todo esto se daba en un contexto a principios del siglo XVI en el que, a partir del encuentro con América, frailes y filósofos trataban de ex­plicarse el porqué de la presencia de millones de indivi­duos en las tierras recién conquistadas.

 

No les fue muy difícil llegar a plantear una explicación que quizá los de­jaba satisfechos, pero que lejos estaba de corresponder a la verdad: se trataba de las tribus perdidas de Israel, tal como lo enseñaba la Biblia y tenían las evidencias a su alcance.

 

Códice Fejérváry
Códice Fejérváry
Entre éstas, según relataban sus informantes in­dígenas y que ellos interpretaban a su manera, hubo un edificio de grandes dimensiones en Cholula que fue he­cho a mano y que pensaron que se trataba de la Torre de Babel dada la gran cantidad de lenguas que se ha­blaban en estas tierras, lo que coincidía con el decir bí­blico.

 

Otra eran algunas de las prácticas indígenas que, a su juicio, eran propias de los judíos y, lo más interesan­te, como quedó dicho, fue el hecho de la dispersión de las tribus que solamente podía explicarse con la presen­cia de los pueblos americanos.

 

Si a esto agregamos imágenes de cruces que aparecían por aquí y por allá. Entonces no cabía duda alguna de que Dios no se había olvidado de estos pueblos y que la acción evangelizado­ra había tenido lugar antes de la llegada de los españoles.

 

La figura de Quetzalcóatl aquí tomaba dimensiones excepcionales pues, como dijimos, en el se veían rasgos que lo identificaban con un personaje llegado do otras tie­rras, poseedor do sabiduría y quo enseñó a los naturales toda una serie do adelantos como la agricultura y otras más.

 

Esta práctica, que trajo cambios cualitativos en el proceso de desarrollo de las sociedades, ocurrió alrede­dor del año 5 000 antes de nuestra era.

 

Por otra parte, no faltó algún sacerdote disidente que pensara do manera diferente, como fue el caso de Joseph de Acosta, jesuita, que planteó con gran tino que el poblamiento del con­tinente bien pudo ocurrir a través del mar por parte de grupos sin gran pulimento, en lo cual tenia razón.

 

A con­tinuación veremos cómo pensaban algunos de los frai­les evangelizadores acerca de los símbolos cruciformes y cómo concebían al personaje conocido como Ce-Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl.

 

El símbolo cruciforme mesoamericano y la figura de Quetzalcóatl: su impacto en la mente occidental

 

Una de las primeras evidencias de que tenemos noticia fue el efecto que causó en los españoles el encontrar cruces en determinados contextos.

 

Sto. Tomás
Sto. Tomás
Bernal Díaz del Cas­tillo nos relata en su Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España cómo en el viaje en el que acompa­ñó a Francisco Hernández de Córdoba en 1517 llega­ron a tierras de Yucatán y nos habla de la impresión que tuvo de todo aquello que veía y que relata así:

 

“Lleváronnos a unas casas muy grandes, que eran adoratorios de sus ídolos, bien labradas de cal y canto, y te­nían figurado en unas paredes muchos bultos de ser­pientes y culebras grandes y otras pinturas de ídolos de malas figuras, y alrededor de uno como altar, lleno de gotas de sangre; y en otra parte de los ídolos tenían unas como a manera de señales de cruces, y todo pin­tado, de lo cual nos admiramos como de cosa nunca vista ni oída”.

 

Después de la empresa conquistadora son varios los frailes que emiten su opinión en cuanto a la proveniencia y evangelización de estas latitudes y en particular de un per­sonaje singular, que no es otro que Quetzalcóatl.

 

Uno de ellos fue fray Diego Duran, quien se expresa así sobre el asunto en el que ve aspectos que relaciona con la Biblia:

 

“...donde es de saber, que tratando de un gran varón, de quien no poca noticia se halla entre ellos, me contaron que después de haber pasado grandes  aflicciones y persecuciones de la tierra, que junto a toda la multitud de gente que era de su parcialidad y que les persuadió a que huyesen de aquella persecución a una tierra en donde tuviesen descanso; y que haciéndose caudillo de aquella gente, se fue a la orilla del mar, y que con una vara que en la mano traía, dio en el agua con ella y que luego se abrió el mar y entraron por ahí él y sus seguidores y que los enemigos, viendo hecho camino se entraron tras él, y que luego se tornó la mar a su lugar, y que nunca más tuvieron noticias de ellos. ¡Que más clara razón se puede dar de que estos sean judíos, que ver cuán manifiestamente y al propio relatasen la salida de Egipto, el dar Moisés con la vara en la mar! El abrirse y hacer camino, al entrar faraón con su ejército tras ellos y volver Dios las aguas a su lugar”.

 

Queda claramente aquí expresada la manera como los acontecimientos relatados por los indígenas, son “acomodados” conforme a los relatos bíblicos, pues no se trata otra cosa sino de la partida de aquel gobernante de Tula Quetzalcóatl, que después de diversos acontecimientos sale rumbo a la costa de Tlapalan y cómo ahí desaparece para convertirse en estrella del alba, después de su incineración.

 

El buen fraile cree ver la huida de Egipto y la apertura de las aguas en una mezcla que lo conduce a afirmar con signos de admira­ción la veracidad de la Biblia y la ascendencia judía de los pueblos mesoamericanos.

 

Pero volvamos a la presencia de las cruces. Primero hay que aclarar que la cruz en el México antiguo repre­sentaba el universo con sus cuatro rumbos y un centro, regido éste por el dios viejo y del fuego, Huehuetéotl.

 

Así lo apreciamos en el Códice Fejérváry-Mayer y en có­dices mayas. Este símbolo era propio de este dios, ya que habitaba en el centro del universo, tal como lo ex­presan antiguos cantos nahuas:

 

Madre de los dioses, padre de los dioses

el dios viejo, tendido en el ombligo de la tierra,

metido en un encierro de turquesas.

 

El que está en las aguas color de pájaro azul,

el que está encerrado en nubes,

el dios viejo, el que habita en las sombras

de la región de los muertos,

el señor del fuego y del año.

 

Como se ve, lejos estaban los frailes de conocer a fondo algunos simbolismos y su contenido ancestral. Vemos cómo en el canto anterior la deidad habita tanto en los niveles celestiales como en la tierra y el inframundo, pero siempre ocupando el centro, el ombligo de la tierra.

 

Para los evangelizadores, la imagen de la cruz los remonta de inmediato a la cruz cristiana y no encuentran otra explicación más que considerar que de ella se tra­ta, lo que los lleva a explicar el porqué de su presencia.

 

Para Jacques Lafaye, esto obedece al mundo espiritual "cerrado y exclusivo" en que viven los españoles: "no podían imaginar que una cruz pudiera tener otro origen y otro sentido que la cruz cristiana".

 

La respuesta es obligada: la única razón por la que se encuentran cruces es porque fueron traídas por algún evangelizador en aquellos remotos tiempos. En un principio sólo se refie­ren a esto, para después atribuirlo a Quetzalcóatl y más tarde a santo Tomás.

 

Uno de los primeros en mencionar que Quetzalcóatl es un apóstol llegado a estas tierras es el dominico fray Diego Durán, quien dice: “Aquel hombre venerable, al que llaman Topiltzin, Huemac o Papa, fue según las tradiciones indígenas un casto y penitente sacerdote, del que se recuerdan epi­sodios al parecer milagrosos... podemos probablemen­te tener que este santo varón fue algún apóstol que Dios aportó a esta tierra…”

 

Con fray Diego coincide el franciscano López de Cogolludo quien, al leer la cita de Bernal Díaz, dice en su Historia de Yucatán: “Se halló en este Reyno de Yucatán fundamento para poder presumir una evangelización de las Indias por los apóstoles, y que no dio poco que considerar a los escri­tores antiguos, para nuestros españoles, cuando en él entraron, hallaron cruces...”

 

Para Francisco López de Gomara, Quetzalcóatl fue "hombre virgen, penitente, honesto, templado, religioso y santo", en tanto que para el padre Las Casas era blan­co y alto con gran barba, en lo que coincide fray Juan de Torquemada al decir que era hombre blanco, rubio y barbado.

 

Fray Bernardino de Sahagún no va a quedar a la zaga en este aspecto y en su Historia general de las cosas de la Nueva España hace ver que antes de la lle­gada de los españoles hubo predicadores del Evange­lio, como asienta en su libro XI:

 

“También he oído decir que en Chanpanton o en Campe­che, hallaron los religiosos que fueron allí a convertir pri­meramente, muchas cosas que aluden a la Fe Católica y al Evangelio; y si en estas dos partes dichas hubo pre­dicación del Evangelio, sin duda que la hubo también en estas partes de México, y sus comarcas, y aun en esta Nueva España...”

 

De esta manera vemos cómo del propio decir indí­gena con el que se relatan a los frailes diversos aconte­cimientos en relación con sus creencias y dioses, éstos los entretejen conforme a su pensamiento cristiano y el resultado es, claro está, la afirmación de una serie de despropósitos que toman carta de naturalización y que­dan así plenamente justificados.

 

Sobre el particular, Fé­lix Báez en su libro Los disfraces del Diablo, en el que atiende lo relativo a la satanización de los dioses indíge­nas por parte de los frailes del XVI, señala cómo Tezcatlipoca personifica el mal en tanto que Quetzalcóatl se identifica con el bien:

 

“Es muy posible que las semejanzas formales entre las imágenes de Tezcatlipoca y Satán tuvieran especial im­portancia para sustentar el arquetipo de la identidad luciferina atribuida a la deidad mexica, que en su aspecto negativo perfilaba el antagonista moral de Quetzalcóatl, convertido después en santo Tomás”.

 

Y aquí entramos en una segunda faceta de la mane­ra en que el dios se va transformando a lo largo del tiem­po al adquirir nuevas características que lo señalan, en plena colonia, como la encarnación del apóstol santo Tomás o Tomé.

 

Quetzalcóatl y santo Tomás

 

En la segunda mitad del siglo xvii el sabio novohispano don Carlos de Sigüenza y Góngora hace un curioso planteamiento por medio del cual expresa que el dios Quetzalcóatl era el apóstol santo Tomás, que había venido a estas tierras a predicar el Evangelio.

 

No era la primera vez que algo así se planteaba, pues tenemos sobradas evidencias como las antes relatadas, de que el camino estaba preparado para llegar a una aseveración de este tipo.

 

En efecto, al presumir los frailes del siglo XVI que había señales que indicaban la evangelizaron cristiana en estas tierras antes de la llegada de loa conquistadores, esto tenia que devenir tarde o temprano en establecer y personificar de maneta inequívoca de quien se trataba, todo la cual cobraba realidad de santo Tomás, que no era otro que Quetzalcóatl.

 

De lo anterior nos da luces don Juan José de Eguiara y Eguren en su Biblioteca Mexicana, escrita en 1755, en donde al tratar lo concer­niente al sabio Sigüenza y sus  aportes bibliográficos en la segunda mitad del siglo XVII hace ver que existen algu­nos inéditos de su puño y letra.

 

Entre ellos menciona uno que tiene por título El Fénix del occidente, Santo To­más Apóstol, llamado Quetzalcóatl, descubierto entre las cenizas de las antiguas tradiciones, conservado en las estelas, en los poemas y canciones de los Tultecas, Teochichimecas y Mexicanos, inédito al cual hace refe­rencia el mismo Sigüenza en su obra Paraíso Occiden­tal y al que se refieren otros autores como Vetancurt, Guzmán y Pinelo.

 

Según Eguiara: “El argumento da aula obra investiga la predicación de Santo Tomás Apóstol extendida a nuestra América Sep­tentrional, y después de haber conseguido muchos documentos de donde quiera, prueba el autor esparcimiento de los Apóstoles por la extensión del orbe da la tierra; después demuestra que la América nuestra no era desconocida para los antiguos; luego, que Santo Tomás, uno de los Doce Apóstoles, habla emigrado esta tierra, al cual llamaron Quetzalcóatl, hallando la coincidencia de entre ambos nombres por la vestimenta, la doctrina y los vaticinios del Apóstol; obteniendo todo ello, recorriendo con espacio los lugares por donde aquél anduvo indagando los rastros que a su paso había dejado, descubriendo los prodigios que había hecho, de los cuales dejaron memoria sus discípulos, por lo me­nos cuatro, a quienes en estas regiones había cristianamente instruido”.

 

En las palabras de Eguiara está claro el contenido del estudio del jesuita Sigüenza, quien debió de acudir a muchos de los cronistas citados. Poco más podemos agregar, aunque es necesario resaltar el pensamiento predominante en aquel momento -siglo y medio después de alcanzada la conquista militar de Hernán Cortés so­bre Tenochtitlan-, que llevaba a validar no sólo los relatos bíblicos, sino también a justificar la acción divina, pues era difícil entender que Dios hubiera olvidado a enormes mul­titudes de individuos en diversas regiones de la Tierra. La respuesta era, pues, Quetzalcóatl/santo Tomás.

 

Lafaye, en su extenso y erudito estudio acerca del tema, nos cuenta la manera en que se fue forjando la idea de santo Tomás y los pormenores que llevaron a esta con­clusión por parte de diferentes personajes.

 

Aquí hay que destacar la presencia del jesuita Duarte, quien al pare­cer encargó documentos por él escritos a Sigüenza, en­tre ellos uno que trata acerca del tema.

 

Sea como fuere, la verdad es que en el estudio de Lafaye vemos, paso a paso, las andanzas de santo Tomás y su supuesta llega­da a tierras americanas, así como los motivos que llevaron a pensadores de la época a pretender revestir a Quetzal­cóatl con los atributos de santo Tomás, o a santo Tomás a revestirse con los atributos de Quetzalcóatl...

 

Pero no quedó allí este asunto. Quetzalcóatl/santo Tomás aún tendría trabajo que desarrollar...

 

Quetzalcóatl, santo Tomás, Juan Diego y la Virgen de Guadalupe

 

El 12 de diciembre de 1 794, el dominico fray Servando Teresa de Mier dio un sermón en la Basílica de Guadalu­pe con motivo de la celebración de la aparición de la Vir­gen al indio Juan Diego.

 

Buena fama como orador tenía el fraile, por lo que se le encomendó dirigirse a la concu­rrencia que presidía el recién estrenado virrey Miguel de la Grúa Talamante y Branciforte y el obispo de la Nueva España, Alonso Núñez de Haro y Peralta.

 

Fray Servan­do, que ya abrigaba un exaltado patriotismo que conlle­vaba severas críticas a los españoles, aprovechó la oportunidad que se le brindaba para lanzar ataques a éstos, para lo cual venía a la perfección la señalada ce­lebración.

 

Fue así como preparó sus palabras de mane­ra tal que dieran en el blanco de la soberbia peninsular.

 

Para ello, fue a ver a don José Ignacio Borunda, quien había realizado estudios que quedaron plasmados en su escrito Clave general de interpretación de los jeroglíficos mexicanos, donde hacía toda una serie de disquisicio­nes en las que se basó el padre Mier para asentar su posición acerca de que la imagen de la Virgen de Gua­dalupe plasmada en la tilma de Juan Diego no era tal, sino que se trataba de la capa de santo Tomás.

 

Era Borunda hombre letrado pero, al parecer, de mente exalta­da, que conocía el náhuatl y que a raíz del hallazgo de las esculturas de la Coatlicue y la Piedra del Sol en la Plaza Mayor de México en 1790, y la de Tizoc un año des­pués, se dio a la tarea de interpretarlas y encontrar en ellas no sé qué datos que lejos estaban del verdadero contenido de las mismas, estudiadas acuciosamente por don Antonio de León y Gama.

 

El hecho es que, poco antes de dar su sermón en la Basílica, fray Servando se interesó en los estudios de Borunda y se entrevistó con éste para terminar por creer a pie juntillas que, en efec­to, había datos para poder sostener sus elucubraciones.

 

En el análisis que hizo don Edmundo O’ Gorman acerca de la Clave de Borunda asienta:

 

“…tuvo la ocurrencia extraordinaria de vincular en un úni­co y grandioso suceso histórico la predicación evangé­lica en el Nuevo Mundo por el apóstol Santo Tomás y la tradición piadosa de las apariciones de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego. Para el logro de tan inu­sitada combinación, Borunda llevó a extremo de delirio su ingeniosidad a fin de ofrecer, con base en su desci­framiento de aquellas piedras y torturadas interpretacio­nes de antiguos ritos, costumbres, recuerdos y etimolo­gías, la prueba que -según él- dejaba fuera de duda la milagrosidad y enorme antigüedad de la imagen guadalupana, como que era estampamiento de la Virgen en persona en la capa del Apóstol”.

 

El sermón de fray Servando ante las autoridades ci­viles y eclesiásticas de la Colonia no podía traerle nada bueno, pues además de lo ya dicho el mismo fraile agre­gó: "añadí esa y otra especie para exaltar, como ya dije, la patria y la imagen".

 

 De inmediato se le confiscaron sus documentos a partir de aquel momento empezó un verdadero calvario para el dominico.

 

¿Quetzalcóatl vikingo?

 

Don Manuel Orozco y Berra, historiador del siglo XIX, tie­ne entre sus virtudes haber escrito una Historia antigua y de la Conquista de México en cuatro volúmenes en 1880.

 

No se contaba con una obra que incluyera el tema desde aquella que escribiera Francisco Javier Cla­vijero en las postrimerías del siglo XVIII, bajo el titulo, re­sumido, de Historia antigua de México.

 

Cabe señalar que el loable intento de don Manuel nos da un panora­ma amplio del asunto que trata, si bien a la luz de las mu­chas investigaciones realizadas desde entonces en los campos de la historia y la arqueología queda desplaza­do a los anales de la historia como un buen intento y hasta ahí pues presenta enormes inconsistencias interpretaciones que lejos están de realidades que han venido a confirmarse posteriormente.

 

Entre las inconsistencias señaladas está, desde luego, la que se refiere a la presencia de Santo Tomás-Quetzalcóatl en tierras americanas.

 

Para don Manuel después de analizar las figuras de personajes con el nombre de Santo Tomás y de ver las noticias que se tenían a cerca de la manera en que de que Groenlandia, Noruega y otros parajes nórdicos llegaron por vía marítima navegantes que conocieron América, mucho antes de la llegada de los españoles, concluye que Quetzalcóatl no es otro que un predicador de Islandia llegado por Pánuco a Mesoamérica.

 

Dice así nuestro autor: “De esta verdad sacamos que Quetzalcóatl es un misionero islandés. Se nos dirá que esto no pasa de una suposición; concedemos; pero el supuesto presenta tanta congruencia en su abono, que no parecerá descabellado admitirle ni ofenderle. El tiempo de los descubrimientos de los escandinavos, coincide con la época en que el gran legislador se presentó en Tollan”.

 

Ni qué decir de aseveración tal pero insiste nuestro historiador y afirma:

 

“Vestían trajes diversos, trayendo Quetzalcóatl sembrada la túnica, de cruces; los escandinavos de aquellas épo­cas eran católicos. Descubre el jefe su carácter sacer­dotal en su vida casta y abstinente, en su amor a la paz, en las virtudes y costumbres que se le atribuyen. Sus predicaciones están en consonancia con su origen y carácter religioso; introduce el culto de la cruz, doctri­nas y prácticas, que aunque ya desfiguradas, dejan re­conocer la filiación cristiana”.

 

Ante estas afirmaciones hay poco que agregar. Como puede verse, Orozco y Berra no fue ajeno a la in­fluencia de los frailes del XVI y de subsecuentes inves­tigadores que habían ido creando un personaje que era resultado de sus propias fantasías enmarcadas como rea­lidades.

 

Era la necesidad de una religión de encontrar fundamentos que fueran coherentes y apegados al lla­mado bíblico. Nada fuera de la Biblia podía ser verdad. Afortunadamente, la ciencia piensa distinto...

 

En la actualidad, la figura de Quetzalcóatl no ha perdido vigencia. El tantas veces citado Lafaye nos dice en su epílogo al libro 2 algunas de las formas en que nues­tro personaje sigue presente mediante esculturas monu­mentales, en las que oficialmente se reconoce a Quetzalcóatl como “prometedor del reino de justicia y de prosperidad", sin que falte la proposición de algún minis­tro de sustituir a Santa Claus por el numen prehispánico o de ser este protector de ladrones: "Quetzalcóatl que­da como el símbolo ambiguo de las esperanzas frustradas del México moderno".

 

Conclusiones

 

Ante todas estas supuestas evidencias podemos ante­poner los datos que la ciencia arqueológica ha propor­cionado y que contravienen aquella imagen prefabricada de Quetzalcóatl, que lo hacía ver como el hombre blan­co, barbado y de ojos azules que vino a enseñar la agri­cultura, el calendario, las artes y otras cosas a los pue­blos establecidos en Mesoamérica.

 

Pongamos atención a estos tres factores y la manera en que se dieron en es­tos territorios conforme a las investigaciones que, prin­cipalmente en el siglo XX, aportó la arqueología.

 

Ahora sabemos que en lo relativo a la agricultura y como lo se­ñalamos páginas atrás, los datos con que contamos nos indican que ésta comenzó alrededor del año 5 000 a. C. cuando grupos de cazadores-recolectores observaron cómo con la llegada de la temporada de lluvias crecían las plantas y morían en la temporada de secas, lo que debió de dar lugar a que controlaran las semillas sem­brándolas en el momento adecuado.

 

De esta manera, plantas como maíz, aguacate, frijol, calabaza y chile pu­dieron cultivarse gracias a la observación de los cambios climáticos en la naturaleza.

 

Lo anterior conllevó también la creación del calen­dario, pues la observación misma de los cambios a lo largo del año, relacionados con el movimiento solar, dio por resultado el establecimiento de hechos periódicos y el conocimiento que les permitía controlar las semillas de acuerdo con los cambios climáticos.

 

De esta mane­ra, podemos señalar que el calendario se estableció ha­rá unos 5 000 años, si no es que antes, pues el hombre cazador también conocía el movimiento de las manadas de animales en determinados momentos del año y a ello se atenía para acosarlos y cazarlos.

 

En cuanto a las artes y ciencias, sabemos que estas manifestaciones fueron desarrollándose a lo largo del tiem­po y tuvieron cabal presencia en las sociedades del Pre-clásico y posteriores, lo que fue muy evidente en socie­dades como la olmeca, que floreció alrededor del ano 1000 antes de nuestra era.

 

Todo lo anterior nos lleva a poner las cosas en su lu­gar y quitar toda una serie de añadidos que se le atribu­yeron a Quetzalcóatl, para quedarnos con el verdadero hombre-dios que tanta importancia tuvo en el México prehispánico.

 

Reflexión final

 

A lo largo de estas páginas hemos visto la figura de Quetzalcóatl y la manera como trasciende en el tiempo. Esto me lleva a pensar en algo que desde hace mucho teníamos en mente y que tiene que ver con esa manera en que el hombre trata de crear seres superiores que re­basan el ámbito del mortal para convertirlos en superhéroes.

 

Esto ha ocurrido en todas las épocas y en todas las circunstancias. De ahí nacieron personajes fabulo­sos que aunque tienen su calidad humana son mitifica­dos y convertidos en seres superiores.

 

Los ejemplos so­bran. Diríamos que cada pueblo tiene sus héroes y los dota de poderes que llegan a lo sobrenatural. ¿No es éste el caso de los relatos mesopotámicos en que Gilgamesh lleva a cabo verdaderas proezas? ¿O los rela­tos homéricos de la Grecia antigua en los que Aquiles con su sola presencia, hacia palidecer a los guerreros troyanos?

 

¿O el caso de la Chanson de Rolan, par de Francia que cuida la retaguardia del ejército de Carlomagno y que en Roncesvalles enfrenta él solo, a miles de sarracenos para finalmente sucumbir? ¿O la presencia de un hombre blanco que trae la civilización a Mesoamérica en la figura de Quetzalcóatl?

 

Y en nuestro momen­to actual, ¿no tenemos acaso las figuras de personajes como Tarzán, hombre blanco que en medio de África lo­gra sobreponerse a hombres negros, a animales y a la selva misma?

 

¿Y qué decir de Supermán -el nombre lo dice todo- y otros personajes de ficción que trasponen el alcance humano y se convierten en superhéroes?

 

Todo esto no deja de tener un trasfondo racista que niega al hombre todas sus potencialidades. Es así como el mismo hombre mutila su poder crea­tivo y lo deja en manos de los dioses... aunque estos hayan sido obra del hombre mismo...
Modificado el ( martes, 21 de octubre de 2008 )